lunes, 8 de junio de 2009

Mujer en el Antiguo Egipto primera parte





Hablar de las mujeres en el antiguo Egipto como si de un tema concreto se tratase sería, cuando menos, una imprudencia. Estamos hablando de un periodo histórico de unos 3500 años y aunque lentos hubo grandes cambios en la estructura social, económica, religiosa, gubernamental...etc. Así mismo nos hayamos en un territorio de más de 1000 km2 por tanto las diferencias entre las egipcias del delta con las sureñas de Tebas, obviando su clase social, eran enormes.
La tercera complicación en nuestro estudio son las fuentes documentales egipcias, que nos informan de la posición que ocuparon, pero raramente del tipo de personas que fueron, en muchos casos no conocemos nada de su situación porque su preeminencia no existió y carecemos de testimonios que nos ayuden a conocerlas. El último obstáculo que hayamos es el conocimiento de las mujeres de la esfera real ya que únicamente por su vinculación con el rey podemos vislumbrar su mundo. Aquí tenemos muestras de su vida y de su fisonomía, pero cada una de ellas es una singularidad y es imposible formar un grupo homogéneo de las Damas reales.
Estamos contemplando a la mitad de la población del Antiguo Egipto únicamente por sus sombras, la relatividad de las afirmaciones que sobre las mujeres egipcias hagamos es la piedra angular de cualquier trabajo de género que se realice. Esta sección va a intentar dar aspectos conocidos y deducciones arqueológicas aceptadas, intentando que sea lo más ameno y accesible al lector común. Os deseo que disfrutéis tanto leyendo como nosotros investigando.

Sociología del reino antiguo: ¿dónde están enterradas las mujeres?
En años recientes ha surgido un tema sociológico preocupante dentro de la arqueología egipcia antigua: los estudiosos han tomado debida nota de un curioso y extraño fenómeno que se encuentra atestiguado en los grandes cementerios nobiliarios de Guiza y Abusir: la gran mayoría de los sepulcros pertenecieron a propietarios masculinos casados, pero las excavaciones demuestran que, incluso en estos casos, aunque la esposa está registrada en la decoración de la capilla funeraria – u otro lugar de la tumba -, la misma no fue sepultada en la misma sepultura, careciendo asimismo de un pozo sepulcral, una mención en la estela puerta-falsa del marido o una a nombre propio.
Dicha circunstancia está atestiguada durante ciertos reinados, especialmente durante la Quinta Dinastía tardía. Obviamente, se dice generalmente, que las esposas eran enterradas en sepulcros anexados a las grandes mastabas dedicados a los esposos, pero ese tampoco parece ser el caso. Por ejemplo, la mayoría de las tumbas anexadas a posteriori de la erección de una mastaba principal, no pertenece a una mujer o, al menos, no ha podido confirmarse de manera fehaciente que así fuera. Igualmente, se han descubierto numerosas tumbas con dos fosas sepulcrales, pero en las cuales una de ellas, por lo general la ubicada al sur, no ha sido utilizada y se la ha hallado rellena de cascajos, pero de la supuesta esposa del difunto ni rastros; podría aducirse que la fosa fue violada por ladrones de tumba, pero esta constante en casi todos los sepulcros excavados, hace que tal idea deba descartarse, especialmente porque hay claras evidencias de que dichas fosas nunca contuvieron un cuerpo humano ni ajuar funerario alguno. Tampoco hay muchas evidencias de mastabas que pertenecieran a una mujer sola durante aquella época.
Esta situación es harto inusitada, ya que implicaría una falta de provisión para asegurar la vida de ultratumba de la mayoría de las mujeres durante el Reino Antiguo, lo cual, para nosotros, hombres modernos, suena totalmente absurdo. ¿Es que las mujeres estaban excluidas de una vida de ultratumba? Proponer algo así, para un pueblo al que alguna vez se consideró como el de los hombres más religiosos del mundo”, al decir de Heródoto de Halicarnaso, es, cuando menos, contradictorio.
De acuerdo a lo antedicho, parece ser que en los grandes cementerios menfitas, a fines de la Quinta Dinastía al menos, es aparente que no todas las mujeres recibieron sepultura junto a sus esposos, fueran estos visires u oficiales menores de la Corte. También se ha destacado que no todas las que sí lo fueron recibieron un sarcófago pétreo, como es el caso de sus maridos. Y si bien algunas enseñan haber recibido un ataúd de madera, muchas han sido directamente puestas sin protección alguna en las fosas sepulcrales. Tampoco es usual que la esposa ostentara una estela puerta-falsa en la tumba de su esposo. Tales hechos han llevado a pensar que la esposa sólo figura en la tumba para cumplir un papel que el esposo deseaba que ella desempeñe en ultratumba. Sabemos, sin embargo, a través de los entierros exclusivos para mujeres, que éstas eran provistas con los mismos elementos que un varón, indicando que las expectativas acerca de la vida en el Más Allá, y sus requisitos para lograrla, eran los mismos que para cualquier hombre. Usualmente, tales sepulcros pertenecen a “princesas” (zat nysut) o a mujeres que se desempeñaban en la Corte – pero no de otras clases sociales -. Así, nos encontramos que durante la Cuarta Dinastía sólo hay sepulcros de “princesas”; durante la Quinta, los hay de mujeres con funciones cortesanas; y, en la Sexta, las tumbas para mujeres solas son menos frecuentes que nunca y que predominan sus entierros en sepulturas familiares.
Por lo que asumimos hoy en día, los oficiales del Reino Antiguo se ganaban el derecho a ser enterrados en los cementerios menfitas gracias a sus servicios, y que el permiso para ser sepultados en los camposantos dependientes de la realeza procedía directamente del monarca. ¿Es posible que las mujeres no tuvieran dicho derecho, excepto bajo las mismas circunstancias, i.e., gracias a los servicios dados al soberano? ¿Será posible, como propusieron algunos investigadores, que tal servicio, en el caso de las mujeres, fuera considerado excesivamente oneroso para el erario estatal? Nos parece impensable. Otra posibilidad sería que muchas de las esposas de esos nobles no recibieran tal derecho de parte del rey, ni que éste tuviera nada que ver con ello, ya que no cumplían ninguna función en la Corte; pero, entonces, ¿por qué sus maridos no se hicieron cargo de tal estipendio para ellas? Una tercera posibilidad sería la de que aquellas mujeres que efectivamente recibieron sepultura junto a sus esposos lo hicieron porque ellos sí tenían la necesaria disponibilidad económica para hacerlo, y las que no es porque sus respectivos cónyugues no estaban en posición de costear sus funerales y se contentaran con ser solamente mencionadas o representadas en la capilla funeraria de sus maridos.
Existe una cuarta y muy posible respuesta: que las expectativas de vida de las mujeres fuera inferior a las de los hombres, por lo que muchas veces sus entierros fueran realizados antes de los de sus esposos o a que éstos recibieran una sepultura financiada por las arcas reales. Este posible escenario no quita que tengamos que seguir buscando por las sepulturas de las mujeres, ya que todavía queremos saber dónde están enterradas. En las provincias la situación pudo haber sido diferente, a causa de la gran cantidad de esposas sepultadas con sus maridos (p.ej., en Ajmim durante la Sexta Dinastía).
La importancia socio-política de la mujer en el Antiguo Egipto
A manera de prólogo
A partir de la XXVI Dinastía, la cronología puede considerarse correcta, salvo pequeños errores; en el Imperio Nuevo, el margen de error puede ser de unos 15 años; en el Imperio Medio, las fechas pueden sufrir un desajuste de unos 40 años; en el Imperio Antiguo, el margen de error puede ser de unos 60 años y en el Período Arcaico - las dos primeras dinastías - el desajuste puede llegar a ser de más de 100 años.
Esta consideración es válida para toda la Historia del Antiguo Egipto. La cronología de esta extraordinaria civilización, está sometida a una permanente investigación y debate.

Hecha esta premisa, vamos a estudiar, a través de las huellas del pasado, la historia de ciertas mujeres que formaron parte de la Historia de Egipto. Sus vidas quedaron plasmadas en sus monumentos y esculturas. Algunas serán poco importantes para nosotros, pero ellas en su tiempo sí lo fueron, en el sentido que contribuyeron también a forjar aquella milenaria civilización. Les presentaré algunas de sus vidas, que no por ser de un ama de casa, por ejemplo, fueron menos importantes que las de las reinas. No vamos a hablar de sus representaciones en pinturas, en sarcófagos ni de sus momias. Será, como dije, a través de sus representaciones en estatuas y monumentos que han ido saliendo a la luz, durante las innumerables excavaciones arqueológicas realizadas durante los últimos siglos.
Las mujeres de la realeza dejaron muchos recuerdos de su paso por este mundo, como grandes templos, tumbas, y estatuas. Pero también las féminas corrientes nos dejaron su impronta como, capillas funerarias, estatuaria, estelas votivas y funerarias, mesas de ofrendas, etc. todas ellas llevando los nombres y títulos de sus propietarias o de las oferentes.
Este corpus ha sido poco estudiado, no sabemos por que causa, pero la realidad es que está ahí y ha llegado hasta nosotros en gran cantidad debido, en gran parte, a que fueron grabados en piedra. Sabemos que mujeres comunes, así como de la clase alta y de la realeza, fueron recordadas ya en su tiempo en esculturas y monumentos artísticos y arquitectónicos, como medio de ilustrar la independencia, posiciones responsables y el respeto del que disfrutaron las mujeres de todas las clases sociales en el Egipto Faraónico.
En las tumbas halladas en todo el Valle del Nilo, han sido encontradas grandes extensiones de decoraciones murales, tanto del Imperio Antiguo, como del Medio y el Nuevo. Vemos en ellas, no sólo escenas religiosas y ritos funerarios, sinó también otras de caza, deportes, trabajos domésticos y agrícolas, juegos, mercadeo, y las propias de la maternidad.
Las representaciones de esbeltas mujeres, atractivamente acicaladas y primorasamente grabadas en la piedra, destacan agradablemente en casi todos los casos. Aunque sean mujeres de clase social baja, han sido inmortalizadas con gracia y dignidad.
Las esculturas de las esposas de propietarios de tumbas, figuran de forma prominente como compañeras y soporte de sus maridos. Es corriente que sean ellas las que abrazan y protegen a sus maridos, incluso a veces, en plan muy maternal ... y ellos se dejaban proteger.
En el Imperio Antiguo (2647-2124 a.J.C.), en las escenas que aparecen niños y criados, están siempre representados a menor tamaño, pero no así las esposas (esto se ha discutido mucho); a veces puede parecer que algunas cónyuges son como algo más pequeñas, pero ello sólo es debido a que, como sabemos, los artistas egipcios no dominaban la perspectiva; al hacerlas algo más pequeñas, nos están indicando que, aunque estén en el mismo plano, se debe entender que están algo más hacia atrás. También existen excepciones.
A juzgar por la estatuaria y escenas funerarias, la relación hombre-mujer en el Antiguo Egipto, era en régimen de igualdad. Lo que no es cierto, y esto lo interpretaron así algunos autores, es que la sociedad egipcia fuese de tipo matriarcal. Las representaciones artísticas expresan claramente, mejor aún que los textos, la igualdad de derechos de ambos sexos. En la estatuaria y en la decoración de las tumbas (casas para la eternidad), se representan con gran vivacidad, la realidad de la vida de la mujer que, actúa consciente e independientemente, de la voluntad del hombre; aunque siempre, dentro del matrimonio y de la familia.
La información sobre la, llamémosle, tendencia matriarcal de la sociedad egipcia, nos ha llegado más por fuentes griegas y romanas, que por la propia egipcia. Bajo el prisma de estas otras sociedades de la antigüedad que hemos mencionado, donde las atribuciones y derechos de la mujer eran más limitadas, esta igualdad hombre-mujer de la sociedad egipcia, resultaba a sus ojos tan sorprendente, que se llegó a creer que la mujer egipcia ocupaba una posición de pleno dominio sobre el hombre, lo cual se aparta de la realidad por completo.
Por otra parte, la organización social egipcia era eminentemente monógama. La ley no permitía a un egipcio, burgués o villano, casarse con su hermana, por ejemplo; en cambio, la ley facultaba al faraón a actuar como quisiese. La poligamia se dio principalmente en la realeza, pero siempre, la primera esposa titulada Gran Esposa Real (algo similar a nuestro concepto de reina), ocupaba un lugar preponderante en palacio. El faraón podía tomar cuantas esposas desease, incluso desposarse con sus hijas y hermanas, como se ha visto a través de la historia, y además podía tener concubinas, pero este privilegio real no podía ejercerlo un súbdito.
Es obvio, por infinidad de escenas que nos lo confirman que, las mujeres egipcias de la antigüedad, eran muy respetadas y estaban totalmente inmersas en la sociedad de su época en plano de igualdad. Tenían funciones como cultos en el templo y títulos como, Señora de la Casa (este era un título muy importante) o en la esfera económica.
El término hmt, se puede interpretar como esposa. Para designar Señora de la Casa, utilizaban nbt pr, que al mismo tiempo también significaba, Administradora de los Bienes Familiares.
Mujeres campesinas las vemos en la faenas agrícolas, cazando aves, moliendo grano o fabricando cerveza. Mujeres de clases más elevadas, las vemos como danzarinas, tocando instrumentos de música, plañideras profesionales y miembros activos de los templos como cantoras y, en las escenas de fiestas y banquetes, como un miembro más de la sociedad. Raras, aunque existen algunas, son las escenas en que una mujer gobierna un bote, como por ejemplo en la tumba de Neferhotep (TT49).
Vemos también como, en la importantísima industria textil del lino, por muchos siglos, el hombre no interviene.
En el Imperio Antiguo, los títulos que denotaban posiciones de autoridad y responsabilidad pertenecientes a mujeres, eran reservados a las féminas de las clases sociales más altas, las cuales muchas veces, estaban ligadas a la familia real por vínculos de sangre o por matrimonio con la nobleza. Una mujer, por ejemplo, fue Inspectora de Médicos para Mujeres (ginecólogas) [Ghalioungui,1975]; otra tenía los importantes títulos de Juez y Visir, aunque eran títulos honoríficos [Fischer,1976 y 1.989]. También encontramos en la historia egipcia, abundantes títulos con poder y autoridad en mujeres, como Directora del Refectorio, Inspectora de Sacerdotes Funerarios o Inspectora de los Talleres de Tejedoras [Fischer,1976 y 1989]. Es interesante hacer notar que, los títulos religiosos no estaban limitados solamente a mujeres de la nobleza; también mujeres comunes ocuparon cargos como, sacerdotisas de las principales deidades femeninas. Cargos administrativos y sacerdotales femeninos los hemos encontrado en monumentos del Imperio Antiguo y muy pocos en el Imperio Medio (1040-1648), tal vez por ser un período de inestabilidad económica y social, pero sí otros menores como, cervecera, peluquera, jardinera, hortelana o molinera [Ward,1986 y 1989].
Durante el próspero período del Imperio Nuevo (1540-1069 a.J.C.), la presencia de la mujer en todos los órdenes, se hace más patente. Además de las escenas grabadas en los muros, las tumbas y los templos contienen estatuaria privada, tanto femenina como masculina. Las parejas de esposos sentados se hacen muy populares. Menos corrientes son las estatuas de mujeres solas sentadas, como la de la sacerdotisa Mitret, del Imperio Antiguo, descubierta en Gizeh por un equipo de la Universidad de Berkeley (California) a principios de este siglo, o el retrato de Lady Sennwy, esposa del nomarca Hapdjefi de Assiut (Imperio Medio), que es un ejemplo supremo del retrato a tamaño natural realizado en granito; hoy se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Boston. La gracia de la figura radica en que, el desconocido escultor, utilizó el tocado tripartito para poder así eliminar el socorrido pilar posterior que frecuentemente sujetaba y reforzaba la cabeza para evitar la rotura por el cuello.
Egipto durante el Imperio Nuevo, continua expandiéndose y el resultado es una sofisticación más cosmopolita. Durante este período, los retratos de las damas egipcias se realizaban esencialmente a dos diferentes tamaños, a saber: las mujeres de una escala social alta o de conocida riqueza, eran perpetuadas a tamaño natural, mientras que, las de condición más humilde, tenían que contentarse con estatuillas que podían medir entre 30 y 60 cms. de altura. También han aparecido esculturas de dos mujeres sentadas o de pié; generalmente es la protagonista con su hija o con su madre. Muy raro es que sea con su padre o con su hermano. Cuando una mujer aparece con un hombre, en principio hay que pensar que sea su marido.
En el Nuevo Imperio y especialmente en las XVIII y XIX dinastías, aparecerán tallas individuales más voluptuosas, en las que los artistas han plasmado con gran delicadeza y primor, tanto los rizos de las pelucas como las texturas de los vestidos y las formas de la mujer. Las curvas de sus cuerpos jóvenes y esbeltos, nos lo muestran a través de sus vestidos de lino transparente y podemos decir que, en vez de vestirlas, lo que hacían era desnudarlas, haciéndolas más atractivas y apetitosas. Como la famosa escultura de un cuerpo acéfalo, atribuida a la reina Nefertiti, que se encuentra en el Museo del Louvre.
Las estelas privadas son más comunes que las estatuas, tal vez por ser más fáciles de realizar y también, hay que pensar en ello, que su costo sería menor. Su fin era el perpetuar la memoria de sus propietarios, igual que hacemos ahora en nuestros días. Las estelas reflejaban siempre a los fallecidos, generalmente sentados ante una mesa de ofrendas con comida y bebida abundantes; algunas veces incluían también a miembros de su familia. Las estelas llevan inscritos el nombre y los títulos del propietario, junto con una invocación para pertuar las ofrendas, como por ejemplo: Mil panes, cerveza, carne y aves para ... (el nombre del difunto). La mayoría de estas estelas son de esposas o viudas, aunque también las hay de mujeres solas o con sus maridos.
En los fondos del Museo Metropolitano de Arte de New York, existe una estela del Imperio Medio, dedicada a dos mujeres (llamadas Inyotefankh y Meswet-Netrettekh) que les fue ofrecida por las cuatro mujeres de condición modesta que aparecen el la misma. El título más común, independiente de la clase social a la que perteneciera una mujer era, insisto, el de Señora de la Casa.
La mujer que poseyera un título clerical sería grabado, sin excepción, en su estatua, tumba o estela. Estos títulos religiosos se otorgaban con más profusión en el Imperio Medio, que en épocas posteriores. Hasta la XII Dinastía, las estelas eran hechas exclusivamente con fines funerarios pero, posteriormente, también las encontramos como ofrendas votivas a los dioses, por personas vivas. Un grupo de 14 estelas dedicadas por mujeres de condición humilde, con títulos como camareras y lavanderas, fueron encontradas en Lischt por Ward en 1989.
Eran estelas votivas en las cuales sólo la mujer que la dedica está representada en actitud de adoración a sus dioses favoritos. Han sido encontradas también en numerosos lugares y cementerios de Deir el-Medineh y en Abydos.
El eminente egiptólogo Augusto Mariette, encontró 23 estelas de mujeres de la Baja Época, que poseían el título religioso de, Cantora, en un lugar del santuario nacional de Abydos, que estaba dedicado al dios Osiris [Mariette, 1880]. De las 23 estelas, sólo 5 incluían la figura y nombre del marido; las 18 restantes estaban dedicadas a una mujer en solitario y de las 23 estelas (incluidas las que tenían marido), 18 eran Cantoras de Osiris; 3 Cantoras de Isis y 2 eran Cantoras de Amón.
Pasemos ahora a los monumentos de las reinas. Tumbas pertenecientes exclusivamente a mujeres, nos han llegado desde el principio de la historia de Egipto. Algunas reinas de las primeras dinastías poseen tumbas tan grandes como las de sus reales esposos, siendo esto el testimonio de su muy importante situación de soltera, de su herencia, o de su significante posición religiosa, como hijas o viudas de reyes.
El faraón Snefrú (2573-2549 a.J.C.), subió al trono por su matrimonio con la princesa real Hetepheres II, hija del rey Huni (5º y último de la III Dinastía). Fue el constructor de las pirámides de Meidum (una) y de Dahshur (dos); una de este último lugar, es la famosa y única romboidal o de caras inclinadas (54°/43°) que existe. Snefrú y su gran esposa real Hetepheres II, fueron los padres del rey Cheops.
La mejor evidencia del status de mujeres nobles en el Imperio Antiguo nos llega de la IV Dinastía en Gizeh. La madre y las viudas de Cheops, constructor de la Gran Pirámide, comparten con él, el estilo de las tumbas reales.
Más tarde, aunque todavía en la IV Dinastía, otra esposa real posee una gran mastaba entre las de sus hermanos en el cementerio real del este. Se trata de la gran esposa real Mersyankh III, que falleció antes que su real esposo el faraón Kefrén y que su madre la gran esposa real Hetepheres II. Pues bien, Mersyankh III fue enterrada en una gran mastaba, con una capilla en su parte superior que, además poseía un elaborado subterráneo con varias estancias talladas en la roca viva y maravillosamente decoradas con relieves murales y esculturas [Dunham y Simpson,1974].
En la calzada que hay entre la 2ª y la 3ª pirámides de Gizeh (Kefrén y Micerinos), se encuentra una impresionante tumba construida para la reina Khentkawes (gran esposa real del faraón Shepseskaf, último rey de la IV Dinastía e hija de Micerinos). Se cree que fue el eslabón de la cadena o puente dinástico que sirvió de unión entre la IV y la V dinastías, debido a que su título más significativo, entre otros muchos, era el de, "Madre de Dos Reyes del Alto y Bajo Egipto". Uno de sus hijos tuvo que ser el faraón Neferir-karé, 3º faraón de la V Dinastía que construyó su pirámide cerca de Abusir.
Las estatuas de Nofret y su esposo el príncipe real Rahotep, gran sacerdote de Ra, e hijo del faraón Snefrú de la IV Dinastía, fueron descubiertas por el famoso egiptólogo Mariette en Meidum. Una vez más, nos muestran el tratamiento igualatorio que los artistas daban a la mujer pues ambos aparecen con las mismas proporciones, aunque se trate de dos esculturas separadas que forman pareja.
El famoso grupo del faraón Micerinos junto a su gran esposa real Khamerer-Nebti, es el epítome de la igualdad que existía entre los dos esposos (tanto monta, monta tanto), así como en la masculina posición de ella, al adelantar el pié izquierdo.
Adviertan Vds. que, casi siempre que vean estatuaria de matrimonios (de pié o sentados), insisto en que es ella, la que protege con su amoroso abrazo a su esposo y no al revés.
Un caso muy particular que corrobora lo dicho anteriormente, es el del grupo escultórico familiar del
enano acondroplásico Seneb, que tenía el pomposo título de, "Principal Ayuda de Cámara Real", inmortalizado con su esposa e hijos. La gracia y la postura de su esposa, que lo abraza tiernamente por los hombros y le coge el brazo izquierdo sonriendo, es todo un poema. Ambos tienen la misma altura, aunque el artista jugó muy bién con la estatura del marido, colocándolo sobre un zócalo. Este grupo escultórico está en el Museo de El Cairo y pertenece a la IV-V Dinastía.
La tumba del príncipe Mereruka de la VI Dinastía, contiene varias estancias dedicadas a su esposa, la princesa Watet-Khet-Hor [Duell,1938]. Hoy en día, están totalmente vacías por haber sido saqueadas.
La práctica de constuir pirámides para las reinas, se extendió hasta la VI Dinastía y también aparecerán algunas en la XII Dinastía, en la que se abandona totalmente esta costumbre y tipo de construcción.
Antes de dejar la VI Dinastía deseo referirme a otra mujer que dejó huella de su paso. Se trata de la reina Nitocris (2141-2140 a.J.C.), hija de Pepi I, hermana de Merenré y hermana y esposa de Pepi II. Los historiadores Manetón, Flavio Josefo, Eusebio, Sincelo y Sexto Julio Africano, la llenan de piropos, diciendo de ella que era, "La más noble, la más bella y la más adorable de todas las mujeres de su tiempo. Más valiente que todos los hombres; de bonita figura, dotada de una hermosa piel y de rojas mejillas". Al morir su hermano y esposo Pepi II, Nitocris subió al trono de Egipto y reinó como faraón por espacio de ±2 años. Con ella terminó la VI Dinastía y el Imperio Antiguo.
En las XVIII y XIX dinastías, la costumbre de ensalzar las figuras de sus reinas se incrementa. Las estatuas gigantescas del faraón Amenofis III y de su gran esposa real Tiyi, ambas del mismo tamaño, presiden la sala central del Museo de El Cairo.
Las estatuas y monumentos de las grandes esposas reales como Nefertiti y grandes viudas reales (como así eran llamadas), son muy numerosas. Los bustos policromados o no de la gran esposa real del controvertido faraón llamado hereje Amenofis IV-Akhenaton (1353-1337 a.J.C.), la bellísima reina Nefertiti, son muy familiares para todos nosotros. Existe una escena íntima de esta reina, en la que aparece desnuda con una de sus hijas, siendo además la primera vez que acontece en el arte amárnico, de una representación frontal del cuerpo.
Y también, las estatuas colosales de la gran esposa real del faraón Ramsés II (1279-1213 a.J.C.), su bien amada Nefertari, esculpidas en la fachada del templo dedicado a ella en Abu-Simbel. Nefertari llegó incluso a firmar cartas dirigidas a reyes extranjeros. En su tumba, situada en el Valle de las Reinas, su real esposo mandó grabar estos piropos: "Nefertari-Mery-en-Mut, Señora del Alto y Bajo Egipto; Señora de las Dos Tierras. Por la que el Sol se levanta cada día". Si en el gran templo de Abu Simbel dedicado a Ramsés II, la reina Nefertari y otros familiares aparecen a menor tamaño al lado de los cuatro colosos sentados del faraón, es debido a que él está representado como el dios supremo Ra, que domina sobre la puerta de entrada al templo.
En la dilatada historia de Egipto, con mucha frecuencia, la reina era de más pureza de sangre real que su esposo, debido a que éste, si no lo era, se legitimaba por su matrimonio con una princesa real. Citemos sólo como ejemplo a Snefrú, a los tres Tutmosis y al general Horemheb, luego faraón por un golpe de estado, cuya gran esposa real fue la princesa real Mutnodjmet. Esta legitimación se debe a que, en términos religiosos, la gran esposa real era la encarnación terrenal de la diosa Hathor (esposa del dios Ra) y de la diosa Mut (esposa del dios Amón). El nacimiento divino del faraón pasó a engrosar, en el Imperio Nuevo, el repertorio de las escenas grabadas en los templos. Han sobrevivido dos ejemplos muy bién conservados: uno en el templo funerario de la faraón Hatshepsut (1479-1457 a.J.C.), en Deir el-Bahari y el otro en el templo de Amenofis III en Luxor [Newton,1923 y Frankfort,1929]. En este último, el episodio crucial de toda la secuencia está tratado con suma delicadeza. La madre del monarca reinante aparece sentada frente al dios Amón, quien con una mano toca la de ella, mientras que con la otra le ofrece el signo jeroglífico Ankh de la vida. En este momento se produce la concepción inmaculada, al fecundar el dios Amón a la reina Mutenwia esposa real del faraón Tutmosis IV y madre del futuro faraón divino Amenofis III. Debajo de ambos, están sentadas sobre el lecho nupcial las diosas Selket y Neith que sostienen en el aire a la pareja. El texto grabado es muy explícito, dice así: "El dios Amón, adoptando la figura de su marido, la halló mientras dormía en lo más recóndito de su palacio. Ella, la reina Mutenwia, se despertó al sentir la fragancia divina de Amón y se volvió hacia él. Entonces Amón se le acercó pues se sentía atraído por ella; después de presentarse, permitió que ella le viese con su forma divina para que se regocijase contemplando su perfección. El amor de él, penetró en su cuerpo y el palacio se inundó de la fragancia divina". No hay que olvidar, que hoy en día todavía decimos: Rey por la gracia de Dios.
En la Sala de Nacimientos del templo funerario de Hatshepsut en Deir el-Bahari (muro norte de la segunda terraza), la explicación de este misterio es aún más demostrativa. El nacimiento divino del rey-dios, se produjo de la siguiente manera [Naville,1896] y [Eggebrecht,1984]:
(I) El dios de la sabiduría, notario mayor y mensajero de los dioses, Toth, representado con cabeza de ibis, conduce al dios Amón ante la reina Hatshepsut. (II) En el siguiente registro, el dios Amón cohabita con Hatshepsut. (III) Después Amón, ordena al dios alfarero con cabeza de carnero, Khnum, que modele al hijo de la reina, ya engendrado.(IV) EL dios Khnum da forma al niño y a su Ka, sobre su torno de alfarero, asistido por su esposa, la diosa Heqet con cabeza de rana, que le da el soplo vital, acercándole a su nariz y boca, el signo Ankh de la vida. (V) En el registro central, el dios Toth, hace saber a la faraón Hatshepsut sus títulos y dignidad, como esposa divina y madre del futuro rey.(VI) El matrimonio de dioses Khnum y Heqet, conducen a la reina Hatshepsut embarazada, a la Sala de Nacimientos (llamada Mammisi).(VII) La reina (ya madre) sostiene al recién nacido en sus brazos mientras que una nodriza, solícitamente se apresura a recibirlo; en la parte inferior, dioses y genios le alcanzan los símbolos de la vida y de la continuidad. (VIII) A su derecha, la diosa primordial del cielo y vaca sagrada Hathor, sentada en su trono arcaico, presenta el niño al dios Amón, quien lo reconoce enseguida como hijo suyo.(IX) En el registro final, el nuevo rey de Egipto (él y su Ka), es presentado a todos los dioses del Alto y Bajo Egipto.
Algunas hijas del dios vivo, o para entendernos mejor, princesas de sangre real por parte de ambos progenitores, no sólo legitimaban a su medio-hermano (hijo de esposa secundaria o concubina), caso de los tres primeros Tutmosis, o a otro candidato a su matrimonio, sinó que tomaban las riendas del poder. El mejor ejemplo conocido es el de la faraón Hatshepsut, en la XVIII Dinastía. Su magnífico templo funerario en Deir el-Bahari, es el mayor monumento a una mujer, que sobrevive desde la antigüedad.
Varias estatuas de esta reina-faraón (la mayoría se encuentran en el Museo Metropolitano de Arte de New York) fueron descubiertas en unas excavaciones. Entre ellas, se incluyen leoninas esfinges barbudas y otras estatuas de Osiris que, tienen la faz femenina y delicada de esta reina (mejor dicho, faraón-mujer). Otras esculturas muestran a Hatshepsut ataviada como faraón-hombre.
Hatshepsut para celebrar el XV jubileo de su ascensión al trono de Egipto, se erigió obeliscos recubiertos de electrum (aleación natural de oro y plata), más altos que los de su padre, el faraón Tutmosis I. Uno de ellos, sobresale por encima del templo de Karnak.
EL sobrino y sucesor de Hatshepsut, fue el faraón Tutmosis III, que ha sido llamado por los historiadores "El Napoleón de Egipto". Parece ser que este faraón, por odio hacia ella, es el responsable directo de la destrucción de los monumentos que mandó edificar su antecesora.
Hatshepsut proviene de una larga línea de dinámicas mujeres. Entre ellas destaca también la reina Ahmes-Nefertari, esposa real del faraón Ahmosis, fundador de la XVIII Dinastía. Ahmes-Nefertari tuvo considerable autoridad en el culto al rey de los dioses, al recibir el glorioso título de, "Gran Esposa Divina del dios Amón", un título que le daba un poder preponderante como sacerdotisa en el santuario nacional del culto al dios Amón; este gran honor le proporcionaba muchas propiedades legales documentadas e infinidad de ventajas de todo tipo. Una monumental estela de esta reina, se encuentra en el templo de Amón, en Karnak [Robins,1983].
No existe ninguna duda que, Ahmes-Nefertari, como sacerdotisa y Esposa Divina de Amón, tuvo un considerable poder económico, controlando proyectos de santuarios en diversos lugares de Egipto. Sus títulos reales incluían el excepcional de, "Señora del Alto y Bajo Egipto", lo que le permitió, a la muerte de su real esposo, gobernar Egipto como reina-regente de su hijo Amenofis I. A la muerte de éste, la reina-madre Ahmes-Nefertari fue honrada y distinguida por el sucesor de éste, Tutmosis I, que le erigió una estatua colosal a la anciana reina, en el patio del templo de Karnak, que él construyó. Fue la hija de Tutmosis I, Hatshepsut, la que le sucedió en el título de Gran Esposa Divina del dios Amón.
Al morir Ahmes-Nefertari, fue deificada y su nombre sería evocado en las plegarias junto a los de la tríada tebana. Su culto llegó a ser muy popular en Egipto por espacio de varios siglos y su imagen fue reproducida en las pinturas murales de muchas tumbas privadas.
Monumentos de otra reina de la XVIII Dinastía han sido descubiertos en las excavaciones llevadas a cabo por un equipo de arqueólogos de la Universidad de Toronto dirigidos por Donald B.Redford [Redford,1984]; su objetivo era recuperar restos de templos que el rey hereje Akhenaton construyó en Karnak. Se encontraron muchos dentro del 9º pilono y tambén en otros lugares. Había constancia que existían estas estructuras, debido a los miles de pequeños bloques de piedra sueltos que desde hacía varios años se hallaban sin ensamblar, como si de un enorme rompecabezas se tratase. Parte de ellos se encuentran hoy en día, en el Museo de Luxor. Cuando los arqueólogos canadienses comenzaron a estudiar los talatat (como así se llaman estos bloques), descubrieron aún muchos más en el interior del 2º y 3º pilonos; los talatat fueron reutilizados cuando los templos construidos por Akhenaton fueron demolidos. Pero la sorpresa llegó al observar que, la figura real predominante en el culto al dios Atón, era la de la reina Nefertiti.
EL mayor de los dos templos dedicados al dios Atón en Karnak, llamado Gem-pa-Atón, tiene varias hileras de pilares decorados con grandes escenas, en las que Nefertiti y su hija mayor Meritatón, hacen sacrificios al disco solar en el altar principal. El otro templo llamado, "El Palacio de la Piedra Ben-ben", estaba totalmente dedicado al uso exclusivo de la reina Nefertiti [Redford,1984]. Su puerta principal, flanqueada por tres pilonos de 9,5 mtrs. de altura, también posee escenas que muestran a la reina Nefertiti y a su hija Meritatón, como celebrantes del culto al dios. También existe una peculiar escena en la que Nefertiti adopta el papel de faraón como guerrero, blandiendo una cimitarra y dispuesta a descargarla sobre un enemigo [Redford,1984].
Los egiptólogos tienen que resolver ahora la cuestión del por qué Nefertiti tiene una posición tan prominente en las escenas grabadas en Karnak; era el máximo honor que podía tener. ¿Se le asignó a esta reina, en la ciudad sagrada de Tebas, la representación de la función real del faraón? .
Si los expertos médicos están en lo cierto y parece que es así, Akhenaton padecía el Síndrome Adiposo-Genital de Babinski-Froehlich que, entre otros trastornos, causa esterilidad, impotencia y atrofia de los órganos genitales así como, en según que casos, acromegalia. Eminentes egiptólogos como, Mariette, dice que fue un castrado; Aldred, asegura que no fue padre; Lefebvre, lo tilda de travesti y Corteggiani es más tajante todavía diciendo que fue, místico o débil; rey embriagado de Dios o un degenerado; hombre de gineceo; iluminado o minado por la enfermedad e incluso dice que, le hubiese gustado ser mujer. Nadie acepta que fuese una persona normal.
Entonces, Akhenaton no pudo engendrar las seis hijas que tuvo su amadísima Nefertiti [Harris & Hussein,1988] y [Aldred,1988]. Su suegro (de ella), Amenofis III, fue padre de varias hijas y podría haber sido la única respuesta razonable, para los deseos de la real pareja (Akhenaton+Nefertiti), de tener descendencia. La importancia dada a la feminidad podría ser una faceta más de la ideología de Akhenaton. La composición de la familia real amárnica es de por sí digna de atención; aparte de Akhenaton, el resto fueron todo mujeres [B.J.Kemp,1992].
Escenas que representan a Amenofis III como un corpulento hombre ya maduro, fueron encontradas en Tell el-Amarna cuando la joven pareja real aún no residía allí. Su traslado a la nueva capital de Egipto, Akhetatón (hoy el-Amarna), se realizó el año 6º del reinado de Akhenaton. Es posible por tanto, como sugirió Aldred, que ésta y otras esculturas indican que el faraón Amenofis III aún vivía en ese tiempo [Aldred,1988]. Aceptando esta tesis, el faraón Amenofis III, podría haber sido el padre de las seis hijas de su nuera Nefertiti y por este motivo, partidario e impulsor del liderazgo de Nefertiti, ante la enfermedad y deformidades de su hijo Akhenaton. También es posible que Nefertiti, se arrogara poderes políticos y religiosos ante la enfermedad de su esposo. Otros investigadores han razonado que, se pudo producir un cambio de nombre por parte de Nefertiti y que de ahí surgiera el nombre de Smenkhkaré, cuya existencia es cada vez más discutida [Sampson,1985].
Es muy significativo y esto corrobora la primera hipótesis que, al morir Amenofis III vemos como gradualmente Nefertiti fue perdiendo poder o cediéndoselo a su hija mayor Meritatón, cuya presencia en los actos públicos y en las inscripciones se incrementa, siendo muy probable que llegase a ser la nueva favorita de su padre.
Existe una representación de la princesa real Meritatón, que se encuentra en el Museo de El Cairo; en esta obra del arte amárnico en alabastro, se nos muestra la belleza heredada de su augusta madre. Otra posibilidad, ante ese alejamiento de la vida pública de Nefertiti, es que enfermara y perdiera la vista a una mediana edad. La ceguera, es el resultado de aquellos que miran directamente al sol en numerosas ocasiones; pero en cualquier caso, es seguro que sus días de mayor gloria fueron en su juventud. El famosísimo busto de Nefertiti del Museo Egipcio de Berlín, también parece apoyar esta hipótesis; su ojo izquierdo está en blanco. ¿No fue pintado? ¿Su busto está inacabado? ¿Padecía un glaucoma? ¿Estaba ciega?
Recientes investigaciones [Harris,1989], realizadas en la momia real encontrada en la tumba Nº 55 de El Valle de los Reyes, parecen confirmar que, otro joven de la realeza, presumiblemente un hermano de Tutankhamon, precedió a este faraón en el trono de Egipto. Esta tumba continúa siendo todavía un apasionante problema, hasta ahora indescifrable.
Otra mujer importante en la historia egipcia fue la reina Tawosret, Gran Esposa Real del faraón Seti II (1200-1194 a.J.C.) y tal vez también su hermana. Al morir Seti II, le sucedió el príncipe real Siptah (hijo de Seti II y de la Esposa Real Tiaa) que, aquejado de parálisis infantil, reinó sólo unos 6 años, muriendo aproximadamente a los 20 años de edad, soltero y sin hijos. Fue entonces cuando la reina viuda Tawosret, se apropió del poder y gobernó Egipto durante unos 2 años como reina-faraón, terminando con ella la XIX Dinastía.
Durante el 3º Período Intermedio, los faraones de las XXI, XXII y XXIII dinastías gobernaban desde el norte, pero tenían necesidad de tener representantes familiares de plena confianza en el sur que, políticamente hablando, era independiente bajo los sumos sacerdotes de Amón. Durante este período que comentamos, los faraones del norte delegaron frecuentemente en sus hijas la representación de su intereses en el sur del país. Así vemos como princesas reales se casaban con los sumos sacerdotes tebanos y se convertían en sacerdotisas-jefes de Amón-Ra, adoptando funciones religiosas oficiales reservadas a los reyes. Las hijas de estos matrimonios, asumían el antiguo título sacerdotal de Gran Esposa Divina del dios Amón. Numerosos beneficios acompañaban a este ilustre título: decretos con el nombre de, El Rey de los Dioses, fueron grabados en los muros de los pilonos 7º y 10º del templo de Karnak, confirmando los derechos en propropiedad, a estas esposas reales y concediéndoles además la deificación póstuma.
En el año ±715 a.J.C. Egipto fue invadido por los nubios comenzando la XXV Dinastía nubia o kushita, trayendo un período de paz al país del Nilo, aunque sufriera dos invasiones asirias que se extendieron hasta Tebas, donde los ejércitos de Assurbanipal (±669-631 a.J.C.), saquearon la ciudad en el año 667 a.J.C. llevándose valiosísimos tesoros de sus templos. Pues bien, incluso durante la invasión asiria, las mujeres mantuvieron su presencia como sacerdotisas-jefes en Tebas. Según los estudiosos del tema, este fenómeno se debe a que las Esposas Divinas de Amón, fueron verdaderas soberanas tanto en la región tebana como más al sur y fueron respetadas por los invasores.
Shepenupet I, hija de faraón Osorkón III de la XXIII Dinastía, fue instalada en Tebas con el viejo título de Gran Esposa Divina del dios Amón. A partir de este evento, las esposas divinas que no podían casarse y cuyo título se transmitía por adopción, fueron siempre miembros de la familia real y ostentaban la más alta jefatura religiosa del área de Tebas. Shepenupet I, fue forzada a adoptar a Amenardis I, la hija de Kashta, el primer rey nubio de Napata que era un ardiente seguidor del dios Amón. Bajo el reinado de su hijo y sucesor Piankhi, se produjo la adopción de Amenardis I. Cualquier princesa que fuese adoptada, recibía el título de Divina Adoradora del dios Amón y al fallecer su madrina de adopción y antecesora, obtenía automáticamente el título de Gran Esposa Divina del dios Amón. Curiosamente, Amenardis I, gobernó Egipto, junto con Shepenupet I, del año ±713 al ±698 a.J.C. Esto ha sido demostrado históricamente, aunque no se descarta que podrían haber sido algunos años más. Al llegar a ser Gran Esposa Divina, Amenardis I adoptó a Shepenupet II, que era la hija de su hermano Piankhi. Amenardis I dejó numerosos monumentos, incluyendo algunas esculturas de ella misma finamente talladas. En el Museo de Arte Joslyn de Omaha (Nebraska), se encuentra una de ellas y, aunque no es la más favorecida, recuerda mucho a las tradiciones artísticas del pasado. Amenardis I, es la famosa princesa Amnerdis de la ópera Aida de Verdi, cuyo libreto fue escrito por Augusto Mariette, el cual diseñó además todo su vestuario.
En el templo funerario de Ramsés III (1184-1153 a.J.C.), en Medinet Habu y en su extremo sureste de la muralla exterior, se encuentran una serie de capillas funerarias [Hoelscher,1954]; entre todas ellas la que mejor se conserva es la de Amenardis I, construida en piedra arenisca. Su decoración y figuras en fino relieve, han sido descritas por Aldred [Aldred,1980] como: "De clásicas proporciones y pureza de línea". Las inscripciones de Amenardis I, al igual que otras que llevaron el mismo título sacerdotal, la describen como, Señora del Alto y Bajo Egipto. A su muerte fue deificada.
Casi un siglo después del reinado de Amenardis I, un gobernante egipcio del norte, cuya base de partida fue la ciudad de Sais en el Delta occidental, contando con el apoyo de Asiria, dominó Egipto y fundó la XXVI Dinastía, llamada por eso saíta, en el año 664 a.J.C. Su nombre era Psamético y su joven hija llamada Nitocris fue adoptada en la colegiata de Divinas Adoratrices de Amón en Tebas. Una enorme estela de granito, al oeste de Karnak, documenta la entrada en Tebas del ya faraón Psamético I (664-610 a.J.C.) y la dotación, para ser dada a su hija, después de la muerte de aquellas que lo tenían, del título de Gran Esposa Divina del Dios Amón [Caminos,1964]; Nitocris vivió 70 años después de su adopción por la jerarquía eclesiástica. Adoptó a su sobrina Ankhes-Neferibré, la cual fue la última Gran Esposa Divina, pues perdió su poder en el año 525 a.J.C. como resultado de la conquista persa de Egipto.
No olvidemos, finalmente, la Época Ptolemaica con sus ambiciosas, crueles y famosas reinas Arsínoe II Filadelfo y Cleopatra VII Filopátor (51-30 a.J.C.), que fue la última reina del país nilótico.
Arsínoe II Filadelfo, era hija del rey Ptolomeo I Soter y de Berenice. Se casó con el rey Lisímaco de Tracia y más tarde hizo asesinar a su hijastro Agátocles. A la muerte de Lisímaco (281 a.J.C.), se casó con su hermano Ptolomeo II Filadelfo, rey de Egipto (que estaba casado con Arsínoe I, y a la cual Arsínoe II hizo desterrar). Es decir, fue reina de Tracia y de Egipto, utilizando su desmesurada ambición y malas artes.
Cleopatra VII Filopátor, tal vez la más conocida por todos, se casó con sus hermanos Ptolomeo XIII y posteriormente con Ptolomeo XIV a los que asesinó. Tuvo amoríos con Julio César, con el que engendró un hijo y al cual, le puso el nombre de Cesarión (Ptolomeo XV). La historia y la leyenda se mezclan y superponen, pero es bien sabido que fue una mujer muy . . . casquivana. Cleopatra VII era una mujer muy culta y dominaba varias lenguas, entre ellas el egipcio. Según varios historiadores, entre ellos J.Mª Blázquez, esta reina no era agraciada, pero tenía gran atractivo y poder de persuasión.
También Marco Antonio cayó en sus redes, pues lo utilizó para asegurarse el trono de Egipto, casándose también con él. Esta reina, según reza la historia-leyenda, se suicidó en el año 30 a.J.C. dejándose morder un pecho, por una cobra áspid.
Como estos monumentos y estatuaria nos han relatado y la arqueología moderna ha descubierto, hay muchas y variadas evidencias (amén de la documentación papirológica y de las pinturas) de que la mujer en el Antiguo Egipto gozó de una vida independiente, tuvo cargos con mucha autoridad y títulos muy importantes; algunas gobernaron como faraones e incluso, a veces, con mayor poder que el propio faraón, al ostentar el título de Gran Esposa Divina del dios Amón, con todo su inmenso poder y prerrogativas.

viernes, 5 de junio de 2009

Una réplica de la tumba de Tutankhamon pasa por el Museu Marítim de Barcelona



El faraón del Antiguo Egipto Tutankhamon tendrá desde el 6 de junio una segunda morada en el Museu Marítim de Barcelona, donde una exposición rememora el descubrimiento de su tumba --hace 90 años, a manos de Howard Carter-- con réplicas exactas de unas 500 piezas del ajuar, entre ellas, el ataúd interior de oro macizo y 110 kilos de peso. Según dijo hoy el arquitecto de la exposición, Rainer Verbizh, la "ventaja" de organizar una exposición con copias es que no hay que protegerlas con vitrinas y el público, emulando a los descubridores, las puede casi tocar y observar de muy cerca.
El egiptólogo Martin Von Falck también defendió el valor de la copia, ya que los originales están demasiado dispersos por el mundo y demasiado frágiles como para reunirlos: como mucho se hubiesen podido juntar medio centenar de objetos, algo que no da una percepción integral del tesoro, formado por 5.389 piezas, indicó Von Falck.
Un centenar de especialistas han confeccionado las reproducciones, valiéndose de los 2.800 negativos de cristal que el fotógrafo Harry Burton hizo para documentar la disposición de los objetos, y otras tantas de las piezas originales, que están repartidas en varios museos.
La muestra 'Tutankhamon. La tomba i els seus tresors' es especialmente didáctica, ya que todos los objetos están por duplicado: una vez en su disposición original, contextualizados, y la segunda expuestos para que el visitante, dotado de audioguía, observe todas sus particularidades.
Es el caso de las cinco capillas que, como 'matrioshkas', contenían el sarcófago del faraón. En la primera reproducción sólo se observa la mayor y las puertas entreabiertas de las cinco, mientras que luego, a escala, se disponen una al lado de otra, con explicaciones de sendos simbolismos.
Esta muestra, que se podrá visitar en Barcelona hasta el 6 de septiembre, viajará luego al VAM Design Center de Budapest (Hungría) y posteriormente a Varsovia (Polonia). En total ya la han visitado cerca de 600.000 personas en Berno (República Checa), Munich (Alemania) y Zurich (Suiza).
Un faraón olvidado
Aunque hoy en día Tutankhamon es de los faraones más nombrados, en su época no fue muy relevante, según explicó hoy la asesora científica Esther Pons: reinó desde los ocho años y a los 18 murió, de forma súbita y, supuestamente, por una infección.
La tumba no es tan ostentosa como las de otros faraones, por lo que se cree que tuvo que hacerse de forma improvisada al morir Tutankhamon repentinamente. En todo caso, es la única que no fue saqueada, por lo que el hallazgo de Carter se calificó como el más importante del siglo.
Durante seis años, entre 1909 y 1917, Carter buscó la tumba de Tutankhamon financiado por Lord Carnavon, un noble erudito dado a coleccionar arte y caballos. Cansado de malgastar su riqueza en un poco atinado Carter, el Lord le financió una última campaña: finalmente, en 1922 Carter descubrió el primer escalón de la tumba de Tutankhamon.
Quitando los sellos de las puertas de la tumba, Carter descubrió las "cosas maravillosas" con las que agasajaron al faraón, que lanzó su maldición sobre el que lo había propiciado: el Lord murió pocas semanas después del hallazgo al afeitarse, ya que se cortó una picadura de mosquito venenoso. La leyenda estaba servida.

Fuente: Europa Press

Reseña: Roberto Cerracin

lunes, 4 de mayo de 2009

INTRODUCCIÓN A LAS CONSTELACIONES EGIPCIAS


Los egipcios observaron que las estrellas realizan un giro completo en poco más de 365 días. Además este ciclo de 365 días del Sol concuerda con el de las estaciones, y ya antes del 2500 a.C. los egipcios usaban un calendario basado en ese ciclo, por lo que cabe suponer que utilizaban la observación astronómica de manera sistemática desde el cuarto milenio.
El año civil egipcio tenía 12 meses de 30 días, más 5 días llamados epagómenos. La diferencia, pues, era de ¼ de día respecto al año solar. No utilizaban años bisiestos: 120 años después se adelantaba un mes, de tal forma que 1456 años después el año civil y el astronómico volvían a coincidir de nuevo.
El Nilo empezaba su crecida más o menos en el momento en que la estrella Sothis, nuestro Sirio, (el Sepedet de los egipcios), tras haber sido mucho tiempo invisible bajo el horizonte, podía verse de nuevo poco antes de salir el Sol.
El calendario egipcio tenía tres estaciones de cuatro meses cada una:
-Inundación o Akhet.
-Invierno o Peret, es decir, "salida" de las tierras fuera del agua.-Verano o Shemú, es decir, "falta de agua".

La apertura del año egipcio ocurría el primer día del primer mes de la Inundación, aproximadamente cuando la estrella Sirio comenzaba de nuevo a observarse un poco antes de la salida del Sol.
De finales de la época egipcia (144 d.C.) son los llamados papiros de Carlsberg, donde se recoge un método para determinar las fases de la Luna, procedente de fuentes muy antiguas. En ellos se establece un ciclo de 309 lunaciones por cada 25 años egipcios, de tal forma que estos 9.125 días se disponen en grupos de meses lunares de 29 y 30 días. El conocimiento de este ciclo permite a los sacerdotes egipcios situar en el calendario civil las fiestas móviles lunares.

La orientación de templos y pirámides es otra prueba del tipo de conocimientos astronómicos de los egipcios: las caras de Se construyeron pirámides como la de Gizeh, alineada con la estrella polar, con la que les era posible determinar el inicio de las estaciones usando para ello la posición de la sombra de la pirámide. También utilizaron las estrellas para guiar la navegación.

El legado de la astronomía egipcia llega hasta nuestros días bajo la forma del calendario. Herodoto, en sus Historias dice: "los egipcios fueron los primeros de todos los hombres que descubrieron el año, y decían que lo hallaron a partir de los astros".

La perspicaz observación del movimiento estelar y planetario permitió a los egipcios la elaboración de dos calendarios, uno lunar y otro civil. El calendario Juliano y, más tarde, el Gregoriano - el que usamos actualmente -, no son más que una modificación del calendario civil egipcio.

INTRODUCCIÓN A LAS CONSTELACIONES EGIPCIAS II

La antigua civilización egipcia despierta un gran interés y fascinación en la actualidad fácil de entender para cualquiera que haya visitado el país del Nilo. Es bien sabido que los antiguos egipcios consideraron las observaciones astronómicas como algo de suma importancia desde el comienzo de su civilización, debido a la necesidad de tener un calendario preciso en una región donde la vida dependía de los ciclos de inundación anuales del río Nilo y donde por lo tanto la capacidad de planificación en la agricultura era un requerimiento imprescindible. No en vano, gracias a estas antiguas observaciones, los egipcios desarrollaron un calendario solar que es el que, con varias modificaciones, seguimos usando en la actualidad. Esa pasión por medir el tiempo haría que también fuesen los inventores del día de 24 horas.

Sin embargo, aunque la cantidad de textos de carácter astronómico es muy grande, más difícil se hace la descripción precisa de constelaciones egipcias. Son varias las dificultades que surgen a la hora de identificarlas, entre ellas la más importante es la ambigüedad y multiplicidad de fuentes, en muchos casos contradictorias. Todo ello ocasiona que este tema esté casi siempre envuelto en una polémica casi constante.

Las fuentes que describen las constelaciones egipcias pueden agruparse según la siguiente clasificación:

Sarcófagos y textos encontrados en tumbas describiendo las distintas divisiones temporales y los astros usados para marcar dichas divisiones.

Los "relojes estelares" que aparecen en sarcófagos y tumbas basados en el sistema de decanos, parte fundamental de la astronomía egipcia. Este sistema dividía la bóveda celeste en 36 divisiones o decanos que incluían las estrellas que salían al ponerse el Sol en períodos de diez días. Existen innumerables ejemplos de sistemas decanales que describen distintos conjuntos de estrellas, pero el problema es que en su mayor parte son incompatibles entre sí, por lo que es muy difícil distinguir constelaciones determinadas. Destaca el techo de la tumba de Senmut (XVIIIª dinastía, 1500 a.C., aprox.) y los relojes ramésidas de la XXª Dinastía. En la actualidad, se han conseguido relacionar muchas constelaciones con estos decanos ramésidas [Belmonte 2001b]


Techo de la tumba de Senmut

Los techos de tumbas reales o mapas estelares egipcios, donde aparecen representadas las constelaciones, pero, una vez más, presentan incongruencias entre ellos.



Techo de la tumba de Ramsés VI

Zodiacos de la época helenística. Aunque muchas de las constelaciones, incluidas las zodiacales, son de influencia griega, aparecen otras constelaciones egipcias autóctonas. Destaca el zodiaco de Dendera por ser la única representación del siglo I a.C. del cielo completo que ha llegado hasta nosotros.



El Zodiaco de Dendera

Con estas limitaciones, podemos establecer una primera lista de constelaciones egipcias que aparecen claramente en textos del Imperio Antiguo y Medio.

Nombre egipcio Dios asociado Asterismo/estrella actual
Sepdet (spdt) Isis Sirio
Sah (s3h) Osiris (Cinturón de) Orión
Mesejtyu (msjtyw) Carro (Osa Mayor)
Los Miles, Miriada (h3w) Pléyades
Sar (s'r) ¿Aldebarán e Híades?
Isis Dyamut (el Hipopótamo) ¿Draco, Bootes?


Sirio (Sepdet o Sothis) era de vital importancia para los egipcios, pues era usada para marcar el inicio de uno de los calendarios. Mesejtyu, la "pata de buey" representaba el asterismo del Carro en la Osa Mayor.

La constelación de Isis Dyamut (conocida popularmente como "el Hipopótamo") suele ser representada por un hipopótamo sujetando un cocodrilo vertical y/o un poste. A veces aparece con otro cocodrilo pequeño a sus espaldas. Aunque casi todos los investigadores están de acuerdo en que debe tratarse de alguna constelación circumpolar, no está claro con qué zona del cielo se la podría relacionar. La importancia que parecían darle los egipcios, sumado a la misteriosa iconografía de los postes, hace pensar que quizás describa la constelación de Draco, ya que hace 4500 años la estrella polar era Thubán, con lo que la imagen de los postes y el cocodrilo serían la forma que tenían los antiguos egipcios de representar al polo celeste.

A parte de estos asterismos hay que citar la importancia que otorgaban los egipcios a las estrellas circumpolares en general, pues en los Textos de las Pirámides se hace referencia al deseo de los faraones de que su alma (aj) se transforme en una estrella "imperecedera". Tanta era la importancia dada a estas estrellas que cada vez existen más evidencias de que las pirámides fueron construidas usando el tránsito simultáneo de dos estrellas circumpolares para alinearlas con el norte, posiblemente Kochab y Mizar. [Spence 2000][Belmonte 2001a]

viernes, 17 de abril de 2009

Ramses II y la olvidada tumba de sus hijos


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HATSHEPSUT LA REINA-FARAÓN



Ignoramos el momento exacto del nacimiento de Hatshepsut, aunque es de suponer que sucediese en la por entonces capital del estado, Tebas, a finales del reinado de Amenhotep I. Ante la falta de descendencia del faraón, el sucesor designado era el padre de Hatshepsut, el futuro Thutmose I (Tutmosis I), quien para poder legitimar su inminente acceso al trono se había tenido que casar con la princesa Ahmose.
Este matrimonio trajo al mundo, aparte de a Hatshepsut, al menos a otros tres niños, de nombres Amenmose, Uadymose y Neferubity. Desgraciadamente, y debido a la alta tasa de mortalidad infantil, sólo Hatshepsut y su hermana menor, Neferubity (y ésta sólo por un corto espacio de tiempo) llegarían a edad adulta.
Además de sus hermanos de padre y madre, Hatshepsut tuvo que tener otros medio-hermanos, fruto de las relaciones de su padre con esposas secundarias y concubinas. Del único del que nos han llegado datos es de quien más tarde reinaría como Tutmosis II, un hijo de Tutmosis I y de una esposa secundaria, de nombre Mutnefert.
Nieta, hija y esposa de faraones [editar]
El padre de Hatshepsut, Tutmosis I, había logrado expandir el Imperio egipcio de manera nunca antes vista en tan sólo trece años de reinado. Este prodigioso monarca pasaría a la historia por llevar a sus tropas al curso de un río enorme que, al contrario que el Nilo, no discurría de sur a norte, sino a la inversa: el Éufrates.
A la muerte, algo temprana, de Tutmosis I, Hatshepsut era la mejor situada para sucederle en el trono, pues sus hermanos varones ya habían muerto. Es posible que incluso el propio Tutmosis I tratase en vida de asociar a su hija al trono, como así lo demuestra que la nombrase Heredera. Sin embargo, sus deseos fueron incumplidos, pues al parecer una conjura palaciega encabezada por el chaty y arquitecto real, el poderoso Ineni consiguió sentar en el trono a Tutmosis II, nacido de una esposa secundaria. Hatshepsut tuvo que soportar convertirse en la Gran Esposa Real de su hermanastro, y se cree que este fue un duro golpe a su orgullo.
La joven reina era descendiente directa de los grandes faraones libertadores de los hicsos y además ostentaba el importantísimo título de Esposa del dios, lo que la hacía portadora de la sangre sagrada de la reina Ahmose-Nefertari. Es lógico que su orgullo fuera inmenso, y que no soportase muy bien la idea de supeditarse a su marido. Así, no es de extrañar que mientras su débil y blando esposo ceñía la doble corona, Hatshepsut comenzara a rodearse de un círculo de adeptos que no dejaron de crecer en poder e influencias: entre ellos destacamos sobre todo a Hapuseneb y a Senenmut. La gran esposa real se había convertido, para temor del visir Ineni, en un peligroso oponente.
El tercero de los Tutmosis [editar]
Tutmosis II tuvo un reinado muy breve, y murió en plena juventud cuando sus dos únicos hijos conocidos aún estaban en la primera infancia. Como había pasado en la generación anterior, la gran esposa real Hatshepsut no había traído al mundo un varón, sino una niña, por lo que volvió a abrirse una crisis sucesoria. Una vez más, Ineni consiguió que la nobleza aceptara como único candidato factible a un hijo de Tutmosis II y de una simple concubina, que sería nombrado rey como Tutmosis III. No obstante, la reina viuda Hatshepsut no quería que la historia se repitiera por segunda vez, y lo cierto es que la modificó considerablemente.
Dado que Tutmosis III era demasiado pequeño para gobernar, la gran esposa real de Tutmosis II asumió la regencia y pospuso indefinidamente el matrimonio entre el nuevo rey y su hija, la princesa real Neferura, única persona que podría legitimar su ascenso al poder absoluto. La situación no era rara: hubo muchos casos de regencia a lo largo de la historia egipcia, aunque nunca de una mujer a la que no la unía ningún lazo sanguíneo con el rey.
Durante los primeros años de reinado de Tutmosis III, Hatshepsut estuvo preparando minuciosamente un "golpe de Estado" que revolucionaría a la tradicional sociedad egipcia. Alejó para siempre de la escena política a Ineni, y elevó a sus fieles Hapuseneb y Senenmut a los más altos cargos. Parece ser que la figura política más importante de la época fue Hapuseneb, quien unió para sí los cargos de visir y de sumo sacerdote de Amón. Con unos aliados tan poderosos, Hatshepsut tenía ahora los medios y el apoyo suficientes para sorprender al mundo.


Hatshepsut, con barba faraónica claramente visible. MMNY
Hatshepsut, faraón [editar]
Dos faraones en un mismo trono [editar]
Cuando se vio lo suficientemente fuerte, la hasta entonces gran esposa real y esposa del dios, Hatshepsut, en presencia del faraón Tutmosis III, se autoproclamó también faraón de las Dos Tierras y primogénita de Amón, con el beneplácito de los sacerdotes, encabezados por Hapuseneb. El golpe de efecto fue magistral, y el inexperto Tutmosis III no pudo hacer otra cosa más que admitir la superioridad de su tía y madrastra. Hatshepsut se había convertido en la tercera reina-faraón conocida en la historia egipcia.
Hatshepsut asumió todos los atributos masculinos de su cargo (excepto el título de "Toro poderoso"), haciéndose representar a partir de entonces como un hombre y tocándose de barba postiza. Estableció una insólita corregencia con su sobrino, aunque hubo un clarísimo predominio de la primera sobre el segundo, hasta tal extremo de colocarlo en un segundo plano impropio del papel futuro que tendría Tutmosis III en la historia. Tal era el carisma y la personalidad de esta mujer.
Aun así, no se puede ver de ninguna forma a Hatshepsut como una usurpadora, visión que han trasladado a nuestra época algunos autores. Al menos no se vio así en su tiempo, pues de haber sido el caso, Hatshepsut habría eliminado con total facilidad a sus adversarios o se habría producido una guerra civil. Tutmosis III no estuvo encerrado en palacio, como se ha llegado a pensar, ni tampoco Hatshepsut evitó hacer mención alguna a su existencia. La sociedad de entonces asumió sin problemas la nueva situación, y Hatshepsut gozó de uno de los reinados más prósperos de toda la historia egipcia, gracias también al apoyo recibido por Hapuseneb y Senenmut, auténticos gobernantes en la sombra.
La Teogamia [editar]
Hatshepsut no hubiera podido ni soñar siquiera acceder al trono de no contar con los apoyos que consiguió entre el clero del dios Amón en Tebas mientras era la esposa de Tutmosis II. Las cuantiosas donaciones y los privilegios que concedió a los sacerdotes, encabezados por la eminencia gris del régimen, el visir Hapuseneb, fueron una forma de pago por los servicios prestados, pues de no ser por el inmenso regalo que recibió Hatshepsut de ellos, su legitimidad habría sido menor. Y este valioso obsequio de la casta sacerdotal a la reina-faraón fue la célebre Teogamia.
En la Teogamia, Hatshepsut declara al pueblo egipcio que su verdadero padre no es Tutmosis I, sino el propio dios Amón, que con su sabia previsión visitó una noche a la gran esposa real Ahmose y la permitió concebir a la mujer que estaba sentada ahora en el trono de las Dos Tierras con el beneplácito del panteón entero. Hatshepsut se declaraba por ende primogénita de Amón, y su sustituta y fiel delegada en la tierra, con lo que su figura se trocaba en completamente sagrada.


Hatshepsut, la primera mujer que se hizo esculpir como esfinge. MMNY
Es necesario destacar que muy pocos faraones recurrieron a la Teogamia para validar su derecho al trono, y su estatus pasaba a ser poco menos que el de un dios vivo. El ardid de Hatshepsut y el alto precio que tuvo que pagar a los sacerdotes por él, le asegurarían un reinado tranquilo y sin disidencias, aunque acabaría pasándole factura a la dinastía por el, desde entonces, imparable crecimiento de los sacerdotes de Amón.
Nombres [editar]
Como todo rey que accedía al trono, Hatshepsut tenía derecho a usar hasta cinco nombres diferentes: el de Horus, el de Nebty, el de Horus de Oro, y los dos principales, conocidos vulgarmente como nombre de nacimiento y nombre de coronación. Éste último resultó ser el de Maat-Ka-Ra, es decir, "El espíritu de Ra es justo" y lo utilizó siempre conjuntamente con su nombre de nacimiento.
Sin embargo, este último apelativo sufrió una serie de cambios a lo largo del reinado de Hatshepsut. Si bien la forma original del nombre de nacimiento era Hatshepsut, en numerosos monumentos aparece de formas bien distintas: añadiendo la segunda parte de nombre y quedando como Hatshepsut-Jenemetamón, masculinizándolo en parte como Hatshepsu3 o completamente como Hashepsu. Sólo así se puede comprender la sorpresa de los egiptólogos que descubrieron la existencia de esta mujer que jugaba en sus apariciones, siendo representada varón, con sus nombres unas veces escritos tal que había nacido hombre o mujer. Un curioso juego de intercambio de sexos que sin duda realzó su carácter divino y concentró en sí misma la dualidad que tanto veneraba el pueblo egipcio.
Actividad constructora [editar]
"El" faraón Hatshepsut dedicó la mayor parte de su reinado a embellecer el país y a restaurar los templos, con el beneplácito de sus aliados los sacerdotes. Egipto había sufrido hacía dos generaciones la última de sus guerras, cuando el abuelo de la reina, el rey Ahmose, expulsó a los hicsos, un pueblo semita que había conseguido dominar el país durante cien años. Como habían hecho sus antecesores, Hatshepsut invirtió mucho en borrar todos los daños ocasionados por la guerra de liberación que había elevado a su dinastía a lo más alto.
Sin embargo, el centro de acción principal de la reina fue su ciudad, la pujante Tebas. Edificó la llamada Capilla Roja del enorme templo de Amón en Karnak y de las canteras de Asuán mandó hacer los obeliscos más grandes que se habían erigido en Egipto hasta entonces, y los llevó a Karnak decorados con electrum, aleación de oro y plata. Se cree que el obelisco inacabado que aún hoy se puede ver en Asuán data del reinado de Hatshepsut, y de haberse acabado habría sido el mayor de toda la historia del país.


Dyeser-Dyeseru, el templo de Hatshepsut en Deir el-Bahari
Aunque no fue en Karnak donde Hatshepsut desplegó toda su imaginería, sino en la orilla oeste de Tebas, la necrópolis de entonces. Como era costumbre por entonces, los faraones hacían construirse, además de su tumba, un templo funerario algo alejado de ésta, que sirviera a un mismo tiempo para proteger y recordar al difunto. Hatshepsut escogió el paraje de Deir el-Bahari para edificar su templo, y encargó la tarea a su arquitecto favorito, Senenmut.
El resultado final fue envidiable: construido al lado del templo de Mentuhotep II, el de Hatshepsut es una de las joyas del Antiguo Egipto y uno de los destinos más visitados por los turistas. Conocido por aquel entonces como el Dyeser-Dyeseru (el sublime de los sublimes), su estructura en forma de largas terrazas y de rampas con suave inclinación, de estilo similar al de Mentuhotep II, le hacen fundirse a la perfección con la roca y el entorno. Uno de los misterios en dicho templo radica en un sector sellado como una caja en la pared en que se puede observar a Hatshepsut por un lado en actitud amatoria y a Senenmut en la otra cara, como receptor de la pose amatoria de la reina, lo que deduce un íntimo vínculo (prohibido por su linaje) entre el arquitecto y la reina-Faraón.
Campañas militares [editar]
Hatshepsut ha pasado a la historia como una gobernante pacífica y que prefirió gastar parte de su tesoro en construir templos en vez de conquistar territorios, pero lo cierto es que hubo al menos seis campañas durante sus 22 años de reinado. Hay que destacar que la mayoría de éstas no pasaron de ser meras escaramuzas o actividades disuasorias cuya única finalidad era disuadir a los siempre belicosos pueblos fronterizos de atacar a las Dos Tierras.


Obelisco de Thutmose III en el templo de Amón en Karnak
• Primera campaña. Era casi costumbre que al morir un faraón, los pueblos nubios atacasen las fronteras meridionales y quemasen algunas de las fortalezas del lugar, a modo de tanteo de cómo reaccionaría el nuevo monarca. Hatshepsut no se dejó avasallar y, pese a que aún era sólo reina regente, fue a Nubia y dirigió los ataques.
• Segunda campaña. En este caso los enemigos fueron tribus de Siria-Palestina, cuyos continuos ataques a los puestos fronterizos hicieron responder a Egipto. Ignoramos la fecha exacta de esta acción bélica, aunque es muy posible que acaeciese cuando Hatshepsut ya había sido coronada. Una cosa que parece segura es que la reina no viajó al frente en esta ocasión.
• Tercera y cuarta campañas. El motivo vuelve a ser Nubia. Ignoramos por qué los nubios se revolvieron tanto en época de Hatshepsut, pero las tropas egipcias fueron implacables. La tercera campaña fue en el año 12º y la cuarta en el 20º, y ambas se solucionaron sin ningún problema. Se cree que en ésta última participó Tutmosis III.
• Quinta campaña. Contra el país de Mau, al sur de Nubia. Fue inmediatamente después de la cuarta campaña, tal vez debido a una coalición de estos dos pueblos. Existen menciones a una caza de rinocerontes, y también es probable que Tutmosis III estuviese al frente del ejército.
• Sexta campaña. Una vez más, Tutmosis III -anticipando su papel de rey guerrero que en su reinado en soliatrio acabaría por desarrollar con excelentes resultados- marchó a Palestina y conquistó la ciudad de Gaza, que se había rebelado recientemente. Las fechas sobre esta campaña datan de finales del reinado de Hatshepsut, quizás inmediatamente antes de morir la reina. Como se puede ver, su papel era ya meramente representativo, y Tutmosis III se había convertido en el monarca dominante del curioso tándem real.
El viaje a Punt [editar]
Otro hecho relevante del reinado de Hatshepsut fue la doble misión a Punt, el país legendario de donde procedían los mejores árboles de incienso y mirra, que probablemente estaba en una región de la actual Somalia, aproximadamente en el año 15º de su reinado. Comandada por Nehesi, portador del sello real, la expedición fue tanto por tierra como por mar, y durante ella no sólo se dedicó la delegación egipcia a comerciar, sino que también hizo un minucioso estudio de la fauna y la flora de Punt, así como de la organización política y social del lugar.
Tuvo que ser tan importante esta acción para la posición de Hatshepsut, que no dudó en decorar gran parte de las paredes del Dyeser-Dyeseru con escenas de aquel mágico periplo por el que sería recordada durante mucho tiempo por la población llana. No sólo fue un éxito al conseguir importar la preciosa mirra a Egipto, sino que trajo extrañas especies animales antes nunca vistas y generosos cargamentos de oro, marfil, ébano y otras maderas preciosas que enriquecieron considerablemente las arcas reales y las de los templos.
Aun así, es extraño que Hatshepsut pusiera tanto empeño en promocionar el viaje a Punt, un país que se conocía ya desde la época de las pirámides, y sólo puede explicarse como una parte más de la intensa propaganda que distribuyó por el Dyeser-Dyeseru y por otros lugares del país con el único fin de legitimar su posición. Sin lugar a dudas, en aquel momento de su reinado, con la inauguración de su hermoso templo y el regreso de los viajeros del Punt, Hatshepsut había llegado al cenit de su gobierno.


Decoración del templo de Hatshepsut en Deir el-Bahari
Descendencia [editar]
Mucho se ha hablado del tema y poco se ha conseguido aclarar. Lo único que se sabe a ciencia cierta es que Hatshepsut fue madre de una hija, a la que puso de nombre Neferura y cuyo cuidado encargó a su arquitecto favorito, Senenmut. Se ignora el verdadero papel de este hombre en la trama; no son pocas las voces que dicen que fue él el padre de Neferura y no Tutmosis II, y que hubo una tórrida historia de amor entre el arquitecto y canciller real y la reina, una historia que pese a ser muy interesante desde el punto de vista novelesco, sigue sin estar demostrada. A favor de todo esto hay algunas pruebas, como que aparezcan en actitud ciertamente cariñosa Senenmut y Neferura, o un ostracón hallado en las cercanías del templo de Deir el-Bahari donde se ve a un faraón femenino teniendo relaciones sexuales con un hombre. Aun así, aunque cada vez más voces se alzan a favor de un romance de Hatshepsut con Senenmut, se sigue pensando que Neferura era hija de Tutmosis II. Es necesario destacar que según los estudios del Museo de El Cairo, patrocinado por Discovery Channel y liderado por el arqueólogo Zahi Hawass, la descendencia de Tumotosis padecía de una variedad de viruela hereditaria, a la que no escapó ningún descendiente.
También se ha divagado mucho acerca de la posible maternidad de Hatshepsut Meritra, quien sería más tarde gran esposa real de Tutmosis III. Debido a su nombre, siempre se pensó que era la segunda hija de Hatshepsut, pero era realmente extraño que nunca se la mencionase en vida de su presunta madre, mientras que Neferura apareciese tan a menudo. Actualmente parece haber quedado claro que, pese a llevar su nombre, Hatshepsut Meritra era en realidad hija de la dama Huy, una mujer muy influyente en la corte de entonces, y quizás aquel apelativo tuviese como destino halagar a la reina-faraón. Así podría entenderse por qué cuando Tutmosis III comenzó a perseguir la memoria de su madrastra, su gran esposa real optase por llamarse simplemente Meritra.
Desaparición [editar]
Muerte de Hatshepsut [editar]
Sin embargo, fue a raíz de la finalización del templo de Deir el-Bahari, sobre el año 15-16 de reinado, cuando la estrella de Hatshepsut comenzó a menguar a favor de la de Tutmosis III. El rey era un joven que cada vez ansiaba más el poder, y a cualquier precio. Así, no es de extrañar que en apenas un año murieran los dos principales sustentos de la reina y sus más grandes apoyos, Hapuseneb y Senenmut. Y por si no fuera poco, poco después murió la gran esperanza, el arma secreta de la reina, la princesa Neferura.
Los golpes que sufrió Hatshepsut en torno al año 16 de su reinado fueron tan grandes que a partir de entonces la reina se retiró parcialmente del cargo y el otro rey, Tutmosis III, comenzó a tomar las riendas del gobierno. Al parecer, la ambición de Hatshepsut era aún más grande y no estaba satisfecha con ser ella sola "faraón", sino que se proponía inaugurar una auténtica dinastía femenina de reyes, y por esa razón declaró "Heredera" a su amada hija Neferura. La muerte de la princesa fue tan repentina y favorable a Tutmosis III que hay quien piensa que fue intencionada, y que consiguió su objetivo: derrumbar a la reina-faraón.


Tutmosis III, corregente y sucesor de Hatshepsut
Hatshepsut acabó por morir en su palacio de Tebas tras un largo reinado de 22 años, abandonada por todos. Se ignora la edad de su muerte, pero suponemos que debería oscilar entre los cuarenta y los cincuenta años. Hasta ahora no se sabía cómo murió exactamente, si fue muerte natural o durante un golpe de estado liderado por su hijastro, pero hay que decir que Tutmosis III era virtualmente el único rey, y que Hatshepsut se había retirado de la lucha.
Según El Discovery Channel y el arqueólogo Zahi Hawass, la momía fue escaneada imagenológicamente y se encontró que la reina había padecido en vida, de una avanzada osteoporosis a las caderas, y además había contraído un abceso séptico en su cavidad bucal que bien pudo provocar un shock septicémico como causa más probable de su muerte que un atentado a su vida.
Su tumba definitiva se encuentra en el Valle de los Reyes y está catalogada como KV20. Allí existen indicios que mandó ampliar la tumba de su padre para ser utilizada también para ella. El amor y la lealtad que la hija profesó al padre tuvo que ser tan grande que quiso permanecer junto a él toda la eternidad.
A su muerte, Tutmosis III se convertiría en un gran faraón, que, emulando a su abuelo Tutmosis I, realizó numerosas campañas y ascendió a Egipto al rango de superpotencia mundial. Pero jamás lo habría logrado sin la preparación a la que lo sometió su colosal tía-madrastra. Nunca le perdonó haber asumido el trono: borró su nombre y el de Senenmut de los anales e hizo suyo el hermoso templo de Deir el-Bahari, y simuló que su reinado era continuación del de su padre, obviando el de Hatshepsut. Mas, pese a esta terrible acción -que condenaba a la reina-faraón a la muerte y el olvido eternos-, la gran personalidad de Hatsehpsut, la mujer que más tiempo estuvo sentada en el trono de los faraones, ha sobrevivido a su castigo y aún hoy sigue cautivándonos desde más de tres mil años de historia.
La momia de la reina [editar]
La momia de Hatshepsut fue presentada al público en junio de 2007, después de largos periodos de incertidumbre acerca de su correcta identificación. Zahi Hawass, Secretario General del Consejo Supremo de Antigüedades en Egipto, aseguró que se trataba del descubrimiento arqueológico más importante desde el hallazgo de la tumba de Tutankamón, en 1922. La momia pudo identificarse mediante el análisis de una muela de la misma. Así se confirmaba la teoría de Zahi Hawass, quien había afirmado previamente que la momia era de la reina faraón, cuando en un principió se confundió con la momia de su nodriza, enterrada junto a ella.4
Ambas momias fueron descubiertas en la tumba KV60 del Valle de los Reyes. Este sepulcro fue construido por la propia Hatshepsut destinado a su nodriza, a la que profesaba un gran cariño, la dama Sitra, y en él se hallaron los cuerpos de una mujer de unos cuarenta o cincuenta años y de una anciana obesa de más de sesenta años, que presentaba la peculiaridad de tener el brazo izquierdo doblado en una posición claramente de reina. Fue entonces cuando se empezó a pensar que dicha momia pertenecía a Hatshepsut, dada la anómala posición del brazo. Ello generaba múltiples cuestiones, ¿cómo querría enterrarse esta mujer, como una gran esposa real o como un faraón, con los dos brazos cruzados sobre el pecho? ¿Permitiría Tutmosis III que su madrastra fuera enterrada en la posición típica de los reyes?
Antes de la verificación de la momia ya se había descubierto el hígado momificado que con toda certeza pertenecía a Hatshepsut, junto al hígado estaban los intestinos y un molar con una sola raíz, esta pieza fue la clave para su correcta identificación, la caja de vasos canopos fue hallada en el escondite de momias reales de la tumba de DB320. Lo cual hizo pensar originalmente que el cuerpo de Hatshepsut se hallara entre alguna de las mujeres anónimas de DB320.
Hatshepsut en la literatura [editar]
El interés que ha despertado Hatshepsut en la sociedad moderna es innegable, y las posiciones respecto a ella que tienen arqueólogos, historiadores o simples lectores no pueden ser más variadas. Hatshepsut se halla en la actualidad convertida en una maquiavélica usurpadora, en un animal político que no retrocede nada con tal de satisfacer su ambición, en una mujer que tuvo que elegir entre el amor y su reino, en una amante de la paz o en un modelo feminista, o todo esto a un mismo tiempo, dependiendo de la persona que opine acerca de ella.
Por ello, no es de extrañar que exista un amplio abanico de libros dedicados a Egipto, al Imperio Nuevo o incluso a ella por completo en los que existan todos los puntos de vista posibles, y más. Tampoco falta su presencia en las novelas, que suelen pintarla como una bella y ambiciosa mujer que vivió una vida digna de ser recordada, junto a Tutmosis I, Tutmosis III o Senenmut, para algunos un faraón sin corona. Sea como fuere, es indiscutible el encanto que emana de Hatshepsut que sólo puede compararse al que rodea a otras grandes figuras de la civilización egipcia como Ajenatón, Nefertiti, Tutankamón, Ramsés II o Cleopatra.

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FARAONES NEGROS





Un capítulo ignorado por la historia relata la época en que los reyes, desde lo más profundo de África, conquistaron el antiguo Egipto

En el año 730 a. C. un hombre llamado Piankhi decidió que la única manera de salvar de sí mismo a Egipto era invadiéndolo. La situación se tornaría sangrienta antes de que llegara la salvación.

“Aparejen los mejores corceles de sus cuadras”, ordenó a sus caudillos. Destrozada por la mezquindad de los jefes militares, la civilización que había construido las colosales pirámides perdió su grandeza. Durante dos decenios Piankhi gobernó su reino desde Nubia, un estrecho en África cuya mayor parte se ubicaba en lo que ahora es Sudán. Piankhi se concebía como el auténtico gobernante de Egipto, así como el legítimo heredero de las tradiciones religiosas practicadas por faraones como Ramsés II y Tutmosis III. Hubo quienes no tomaron en serio los alardes de Piankhi, quien probablemente en realidad nunca visitó el Bajo Egipto. Pero él presenció directamente el avasallamiento del decadente Egipto: “Dejaré que el Bajo Egipto pruebe el sabor de mis dedos”, escribió más tarde.

Sus soldados bogaron al norte del río Nilo. Desembarcaron en Tebas, capital del Alto Egipto. Puesto que se creía que las guerras religiosas debían librarse de una manera apropiada, Pankhi ordenó a sus soldados que, antes de cualquier combate, se purificaran mediante una inmersión en el Nilo, vistieran lino de la mejor calidad y salpicaran sus cuerpos con el agua proveniente del templo en Karnak, lugar sagrado del dios solar Amón, a quien consideraba su deidad personal. Piankhi lo honró con ofrendas y sacrificios. Luego de consagrarse, el caudillo y sus hombres hicieron la guerra a cualquier legión que encontraron a su paso.

Al término de un largo año en campaña, todos los líderes en Egipto habían capitulado, incluyendo al poderoso tirano del delta, Tefnakht, quien envió a Piankhi un emisario para decirle: “¡Sé misericordioso!, que soy incapaz de ver tu rostro en los días de deshonra; no puedo erguirme ante tu fulgor, porque temo tu grandeza”. A cambio de sus vidas, los vencidos pidieron con vehemencia a Piankhi que utilizara sus templos, se quedara con sus más finas joyas y reclamara sus mejores caballos. Piankhi aceptó los ofrecimientos. En aquel momento, cuando sus siervos se estremecían ante él, el recién impuesto Señor de dos Reinos hizo algo extraordinario: embarcó a su ejército y su botín de guerra, zarpó rumbo al sur, hacia su tierra, Nubia, para nunca regresar a Egipto.

Tras un reinado de 35 años, Piankhi murió en 715 a. C.; sus súbditos honraron sus deseos al enterrarlo, con cuatro de sus caballos, en una pirámide similar a las egipcias. Fue el primer faraón que, después de 500 años, recibó un entierro de tal magnitud. Es una lástima que el gran nubio que consumó estas proezas no haya dejado, literalmente, un rostro para la historia. Las imágenes de Piankhi sobre las elaboradas estelas o losas de granito, que conmemoran su conquista en Egipto, ya hace tiempo que fueron destrozadas. Sobre un relieve en el templo de Napata, en la capital nubia, únicamente permanecen sus piernas. Sólo queda un particular detalle del hombre: su piel era negra.

Piankhi fue el primero de los llamados faraones negros, una sucesión de reyes nubios que reinaron en Egipto por tres cuartos de siglo, durante la dinastía 25. Los faraones negros reunificaron a un Egipto desgarrado, colmaron su paisaje de gloriosos monumentos, construyeron un extendido imperio desde la frontera sur hasta lo que hoy es Jartum, en la ruta septentrional hacia el Mediterráneo. Se mantuvieron firmes ante los sanguinarios asirios, y probablemente esto contribuyó a mantener a salvo Jerusalén.

Aquellos episodios históricos permanecieron inéditos durante largo tiempo. No fue sino hasta estos cuatro decenios recientes cuando algunos arqueólogos los han revivido, concediendo que los faraones negros no surgieron de la nada: proceden de una vigorosa civilización africana que, a lo largo de 2 500 años, medró en las riberas meridionales del Nilo y se remonta incluso hasta la primera dinastía egipcia.

Hoy en día las pirámides de Sudán son espectáculos inquietantes sobre el Desierto de Nubia. Se puede deambular a su alrededor sin verse asediado por los vendedores. Mientras que, cerca de 1 000 kilómetros al norte, hacia El Cairo o Luxor, los visitantes llegan en grandes cantidades para observar las maravillas egipcias, en Sudán raramente visitan las pirámides en El Kurru, Nuri y Meroe, serenas entre el paisaje árido que difícilmente indica que ahí hubo una próspera cultura de la antigua Nubia.

En la actualidad, la falta de claridad amenaza nuestro conocimiento sobre esta civilización. El gobierno de Sudán está construyendo un dique hidroeléctrico a lo largo del Nilo, 1 000 kilómetros río arriba, que parte de la gran presa de Asuán, edificada por Egipto en la década de los sesenta, lo que hace que gran parte de la baja Nubia se haya enviado hasta el fondo del lago Nasser. Para 2009 concluirá la construcción de la enorme presa Merowe, y un lago de 170 kilómetros de largo anegará el terreno que bordea la Cuarta Catarata del Nilo, o los rápidos, que incluyen miles de sitios sin explorar. A lo largo de los nueve años previos, los arqueólogos se han agolpado en esta región cavando frenéticamente, antes de que los monumentos históricos de Nubia se hundan.

el mundo antiguo era ajeno al racismo. Durante la conquista histórica de Piankhi, el hecho de que su piel fuese negra careció de importancia. Los trabajos artísticos provenientes de Egipto, Grecia y Roma muestran, en las tonalidades de piel, un inequívoco conocimiento de las peculiaridades raciales, pero hay poca evidencia de que una piel oscura fuera considerada como un signo de inferioridad. No fue sino hasta el siglo xix, en la época en que las potencias europeas colonizaron África, cuando los eruditos de Occidente pusieron atención –con sus poco piadosas consecuencias– al color de piel de los nubios.

Los exploradores que llegaron al estrecho central del río Nilo reportaron el hallazgo de templos y pirámides: las ruinas de la antigua civilización llamada kush. Tal fue el caso del doctor italiano Giuseppe Ferlini, quien removió la parte superior de al menos una pirámide, lo que inspiró a otros a hacer lo mismo. El objetivo del arqueólogo prusiano Richard Lepsius era el estudio, pero al concluir que los kushitas seguramente “pertenecían a una raza blanca”, sólo causó más daño.

Incluso, George Reisner, el afamado egiptólogo de la Universidad de Harvard cuyos descubrimientos entre 1916 y 1919 presentaron la primera evidencia arqueológica de los reyes nubios que gobernaron Egipto, contaminó sus propias investigaciones, al insistir en que los negros africanos no pudieron haber edificado aquellos monumentos excavados por él. Aseguraba que los líderes nubios, incluido Piankhi, eran egipto-libios de piel blanca que se impusieron a los africanos primitivos.

Por decenios muchos historiadores han vacilado respecto a los nubios: ya sea que en realidad los faraones kushitas hayan sido “blancos” o negros, su civilización desciende de una auténtica cultura egipcia. En su historia de 1942, Cuando Egipto gobernaba el oriente, los muy respetados egiptólogos Keith Seele y George Steindorff resumieron la dinastía nubia faraónica y los triunfos de Piankhi en apenas tres enunciados, el último de los cuales sentenciaba: “Mas su dominio no duró por tanto tiempo”.

La incuria que padeció la historia de Nubia no sólo reflejó la intolerante visión del mundo de esa época, sino también dio origen a una seudofascinación por las proezas egipcias y a un total desconocimiento del pasado de África. “La primera vez que fui a Sudán –recuerda el arqueólogo suizo Charles Bonnet– la gente me decía: ¡Estás loco!, allá no hay historia, todo está en Egipto”.

Eso sucedió hace apenas 44 años. En 1960, cuando subieron las aguas en Asuán, los objetos hallados durante las campañas de rescate empezaron a cambiar esa visión. En 2003, después de decenios de haber excavado cerca de la Tercera Catarata del Nilo, en el poblado abandonado de Kerma, Charles Bonnet obtuvo reconocimiento internacional por el descubrimiento de siete grandes estatuas de piedra de los faraones nubios. No obstante, tiempo antes de este hallazgo, las investigaciones de Bonnet habían revelado un antiguo y pequeño centro urbano, que dominaba vastos campos y extensos ganados, y que se beneficiaba del intercambio de oro, ébano y marfil. “Era un reino totalmente emancipado de Egipto, y original en cuanto a su edificación y ritos funerarios”, menciona Bonnet. Esta poderosa dinastía surgió justamente durante la caída del Imperio Medio de Egipto, en 1785 a. C. Para el año 1500 a. C., el imperio nubio se extendió entre la Segunda y la Quinta cataratas.

Al estudiar de nuevo la época de oro en el desierto africano no se aporta mucho a la posición de los egiptólogos afrocentristas, quienes sostienen que todos los antiguos egipcios, del rey Tut hasta Cleopatra, eran negros africanos. Sin embargo, las epopeyas de los nubios confirman que, en tiempos pasados, una civilización de la remota África no sólo prosperó, sino que dominó, aunque brevemente, entremezclándose o casándose con sus vecinos del norte, los egipcios. A los gobernantes egipcios no les gustaba tener un vecino poderoso al sur, especialmente porque dependían de las minas de oro de Nubia para financiar su predominio en Asia occidental. De tal manera que los faraones de la dinastía 18 (1539-1292 a. C.) enviaron legiones para conquistar Nubia y erigir fuertes a lo largo del Nilo. Impusieron a los jefes nubios como administradores, y a los niños de los nubios privilegiados los educaron en Tebas.
Subyugada, la elite nubia comenzó a adoptar la cultura y las costumbres religiosas de Egipto, venerando a sus dioses, valiéndose de su idioma, adoptando sus ritos funerarios, para, después, construir pirámides. Podría decirse que los nubios fueron los primeros en caer en la “egiptomanía”.

Los egiptólogos de finales del siglo xix y principios del xx interpretaron esto como un signo de debilidad, pero se equivocaron: los nubios tuvieron un don, el de discernir la situación geopolítica del momento. Para el siglo viii a. C., Egipto fue dividido por bandos: el norte, liderado por los jefes libios, quienes se revistieron de tradiciones faraónicas para ganar legitimidad. Una vez en el poder, moderaron la devoción teocrática hacia Amón, y los sacerdotes en Karnak temían que, como resultado, la población fuese atea. ¿Quién podría devolver a Egipto a su antigua condición de poderío y santidad?

Los sacerdotes egipcios dirigieron sus miradas hacia el sur, y encontraron la respuesta: una población que, sin siquiera poner un pie en Egipto, preservó sus tradiciones espirituales. Como expresa Timothy Kendall, arqueólogo de la Universidad de Northeastern, los nubios “fueron más católicos que el papa”.

BAJO EL DOMINIO NUBIO Egipto llegó a ser, nuevamente, Egipto. Cuando Piankhi murió, en 715 a. C., su hermano, Shabaka, consolidó la dinastía 25 al establecer su residencia en la capital egipcia de Menfis. De la misma manera que su hermano, Shabaka contrajo matrimonio como en las antiguas tradiciones faraónicas, asumiendo el trono con el nombre del soberano de la dinastía 6, Pepi II, tal y como Piankhi reclamó el trono con el antiguo nombre de Tutmosis III.

Con obras arquitectónicas, Shabaka colmó de lujos a Tebas y el templo de Luxor. En Karnak levantó una estatua de granito rosa retratándose con la doble corona kushite uraeus: las dos cobras denotan su legitimidad como Señor de los Dos Reinos. Mediante la arquitectura y el poderío militar, Shabaka le manifestó a Egipto que los nubios estaban ahí para quedarse.

Hacia el este, los asirios construían aceleradamente su propio imperio. En 701 a. C., cuando avanzaban hacia Judea –hoy en día Israel–, los nubios decidieron atacar. Los dos ejércitos se encontraron en la ciudad de Eltekeh. A pesar de que el emperador asirio Sennacherib se jactó de que “les infligió la destrucción a los nubios”, un joven príncipe nubio, quizá de 20 años, hijo del gran faraón Piankhi, logró sobrevivir. El que los asirios fallaran en su intento por ejecutar al príncipe, sugiere que su victoria fue todo menos total.

En todo caso, cuando los asirios partían de sus tierras y se congregaban a las puertas de Jerusalén, el líder sitiado, Ezequías, confiaba en que los aliados de los egipcios llegarían a salvarlo. Burlonamente, los asirios dieron una respuesta inmortalizada en el Antiguo Testamento (Reyes II): “Tú cuentas con la ayuda de esa caña rota que es Egipto, que rompe y traspasa la mano de todo el que se apoya en ella. Así se porta el Faraón con los que confían en él”.

Entonces, según las Escrituras y otras crónicas, ocurrió un milagro: los asirios se replegaron. ¿Acaso una plaga los azotó? O, como plantea el provocador libro de Henry Aubin, El rescate de Jerusalén, ¿quizá fueron las alarmantes noticias de que el príncipe nubio avanzaba sobre Jerusalén? Lo que se sabe con certeza es que Sennacherib abandonó el lugar y, a galope, deshonrado, volvió a su reino, donde, al parecer a manos de sus hijos, fue asesinado 18 años después.

Ha sido fácil pasar por alto entre estos cruciales acontecimientos históricos, al margen de este panorama, al personaje de piel negra, el sobreviviente de Eltekeh, el implacable príncipe que para los asirios sería “aquel que fue condenado por los dioses”: Taharqa, hijo de Piankhi.

TAN ARROLLADORA fue la influencia de Taharqa sobre Egipto, que incluso sus enemigos fueron incapaces de borrar su huella; levantó monumentos por todo Egipto: estatuas, cartelas o bustos, que ostentan su nombre o su imagen, muchos de los cuales, en la actualidad, están en los museos alrededor del mundo. Se le representa como un suplicante de los dioses o ante la presencia protectora de Amón, la deidad carnero; él mismo como esfinge, o bien como guerrero. Muchas de las estatuas fueron mutiladas por sus adversarios. En varias, su nariz está desprendida, lo cual impide que regrese de la muerte. En otras, el uraeus de su frente también está destrozado, en repudio de su título como Señor de los Dos Reinos.

Su padre, Piankhi, devolvió a Egipto las auténticas costumbres faraónicas. Su tío, Shabaka, estableció la presencia nubia en Menfis y Tebas. Sin embargo, sus ambiciones palidecieron ante aquel jefe de 31 años de edad que fue coronado en Menfis en el año 690 a. C., y que condujo los imperios unidos de Egipto y Nubia por los siguientes 26 años.

Taharqa ascendió en un buen momento para la dinastía 25. Los jefes del delta fueron abatidos. Los asirios, al fallar en su intento para derrotarlo en Jerusalén, no querían compartir autoridad ni tierras con el gobernante nubio. Egipto era sólo de él y para él. Los dioses le aseguraron prosperidad, sin conflictos militares. En su sexto año en el trono, las aguas en el Nilo crecieron a causa de las lluvias, provocaron inundaciones en los valles y produjeron asombrosas cosechas de grano sin afectar ninguna aldea. Como Taharqa dejaría inscrito en sus cuatro estelas conmemorativas, las inundaciones incluso exterminaron a todas las ratas y serpientes. Era evidente que el venerado Amón sonreía a su elegido.

Taharqa no se propuso ahorrar recursos, sino, más bien, gastarlos en su capital político. Así, emprendió la más audaz campaña para el fomento de cualquier faraón desde el Nuevo Imperio (hacia 1500 a. C.), cuando Egipto estaba en un periodo de expansión. Inevitablemente, las dos capitales sagradas de Tebas y Napata atrajeron la mayor parte de los fondos de Taharqa. Hoy en día, se yergue, entre el conjunto sagrado de templos en Karnak, cerca de Tebas, una solitaria columna de 19 m de altura. Ese pilar era uno de los 10 que conformaban un enorme quiosco que el (Viene de la p. 41) faraón nubio agregó al templo de Amón. Construyó asimismo un sinnúmero de capillas, que circundaban el templo, y erigió una gran cantidad de estatuas de sí mismo y de su madre, Abar. Sin siquiera dañar un solo monumento anterior a su época, Taharqa hizo suya a Tebas.

Realizó lo mismo a cientos de kilómetros río arriba, en la ciudad nubia de Napata. Su montaña sagrada, Jebel Barkal, cautivó incluso a los faraones egipcios del Nuevo Imperio, quienes creían que era el lugar donde nació Amón. En busca de representarse a sí mismo como heredero del Nuevo Imperio egipcio, Taharqa levantó, en honor de las diosas consortes de Amón, dos templos en la base de la montaña. Sobre la cumbre de Jebel Bakal, parcialmente cubierta con una hoja de oro para impresionar a los creyentes, el faraón negro mandó inscribir su nombre.
Aproximadamente a los 15 años de su mandato, entre la grandiosidad de su imperio constructivo, tal vez una pizca de arrogancia sobrecogía al gobernante nubio. “Taharqa tenía una sólida armada y representaba uno de los mayores poderes internacionales de su época –comenta Charles Bonnet–. Se concebía como el rey del mundo. Se hizo un tanto megalómano”.

A lo largo de la costa del Líbano, los mercaderes madereros nutrían las necesidades arquitectónicas de Taharqa con un continuo abastecimiento de enebro y cedro. Cuando el rey asirio Esarhaddon controló la ruta comercial, Taharqa envió tropas al sur del Levante para respaldar una revuelta contra el asirio. En el año 674 a. C., Esarhaddon anuló la jugada, internándose en Egipto; no obstante, las legiones de Taharqa repelieron a sus adversarios.
Claramente la victoria ensalzó al líder nubio. Los grupos rebeldes a lo largo del Mediterráneo compartieron sus veleidades y, en calidad de aliados, se unieron contra Esarhaddon. En 671 a. C., los asirios partieron con sus camellos, adentrándose en el desierto del Sinaí, para sofocar la rebelión. El éxito fue inmediato, entonces Esarhaddon era quien rebosaba con ansias de sangre. Enfiló sus legiones hacia el delta del Nilo.

Taharqa y sus legiones se alistaron para el combate contra los asirios; lucharon durante 15 días. Pero los nubios fueron replegados hasta Menfis, de donde, herido en cinco ocasiones, Taharqa logró escapar. Siguiendo la costumbre característica de los asirios, Esarhaddon mandó sacrificar a los lugareños y “hacer pilas con sus cabezas”. Más tarde los asirios escribieron: “Su reina, su harén, Ushankhuru su heredero, y el resto de sus hijos e hijas, sus fincas, sus dioses, sus caballos, sus ganados, sus carneros, una y otra vez, los llevaremos a Asiria. Arranqué de tajo la raíz kush en Egipto”. Para conmemorar la humillación de Taharqa, Esarhaddon encargó una estela, exponiendo a Ushankhuru, hijo de aquel, arrodillado ante los asirios con una cuerda alrededor del cuello.

Casualmente, Taharqa sobrevivió al conquistador. En el 669 Esarhaddon murió camino a Egipto, después de enterarse de que Taharqa se las arregló para volver a tomar Menfis. Bajo las órdenes de un nuevo rey, los asirios atacaron nuevamente la ciudad, esta vez con una legión engrosada por tropas de rebeldes capturados. Taharqa, sin posibilidades de éxito, partió hacia el sur, a Napata, para nunca regresar a Egipto.

Lo que define la importancia de Taharqa en Nubia es su permanencia en el poder luego de haber sido expulsado de Menfis en dos ocasiones. Cómo vivió sus últimos años es un misterio, con la gran excepción de un decisivo e innovador hecho. Como su padre, Piankhi, Taharqa eligió ser enterrado en una pirámide. Escogió un lugar en Nuri, en la ribera opuesta del Nilo. Timothy Kendall ha especulado al respecto: probablemente, Taharqa eligió esta ubicación porque, desde Jebel Barkal, su pirámide se alinea precisamente con el alba del antiguo Año Nuevo de Egipto, vinculándolo eternamente con el concepto egipcio de la reencarnación.

Pero la razón por la cual Taharqa escogiera este lugar quedará, como la historia de su población, en la oscuridad.